Imágenes de los campamentos de Secundaria

“En comunión con la naturaleza
el hombre aprende el lenguaje del alma”

 

Séptimo

El lunes 21 de octubre, Primer Año de Secundaria partió desde Tigre con rumbo a la Isla Martín García. Lloviznaba un poco, pero a las pocas horas se abrió el cielo y jamás se cerró.

Nos recibió la tranquilidad de la isla, un lugar muy cuidado así como también despoblado, cuyas construcciones, en su mayoría vacías, hacían imaginar el retumbar de las voces, el encuentro con el propio sonido. El aire del entorno envolvía los pensamientos, dando la sensación permanente de tranquilidad y sueño.

Fueron días muy tranquilos, conviviendo y compartiendo como una gran familia. Cada comida fue una celebración de un proceso de construcción y desarme. Esto último fue lo más difícil, muy pocos hubo de los que se postularon para limpiar y lavar las ollas y sartenes con agua fría, al comparar con los que se anotaron para “la construcción”, para entrar en contacto con las verduras, el cuchillo o el rallador, olores, sabores y temperaturas calentitas. Obviamente, para la degustación de aquel banquete, ¡no faltaba nadie!

Hubo momentos libres y otros pautados, compartiendo tareas, relatos a la luz del fuego o de las estrellas, observaciones del cielo, del entorno, tanto el natural como el realizado por el ser humano.

Nos relacionamos con la gente del lugar, sintiendo siempre la amabilidad y el cariño, muy agradecida por la visita de los “semi- jóvenes” del Séptimo Grado.

Eloísa Casado, maestra de Séptimo Grado.

 

Octavo

Hemos acomodado las carpas en círculo y, mientras hacemos el fuego para el asado, la noche ha ido cayendo suave pero rotunda e impostergable. El tiempo parece haberse detenido en El Palmar y los árboles adquieren una grave majestuosidad. El ulular de un buho atraviesa la oscuridad y un aire fresco nos confirma la presencia del río Uruguay.

Muy cerca de las carpas, por entre los espinillos del lugar, los carpinchos se mueven con indiferencia casi insolente, habrá que estar atentos a las vizcachas que en el colmo de la desfachatez pretenderán compartir nuestras comidas.

De repente, desde el monte, un grito de espanto recorre las distancias y corta la respiración. Suenan sordos los tiros en la noche. Nos han contado que matan jabalíes. Es para equilibrar el ecosistema. Son una especie exótica. Los trajeron los europeos y entonces ahora regulamos la caza. Las explicaciones no contentan demasiado pero aportan un cierto viso de normalidad.

Es nuestra primera noche de campamento, la primera experiencia en carpa como grupo. Se sucederán los momentos compartidos, las tareas conjuntas, cocinar entre todos, los juegos de cartas, las caminatas, las corridas de carpa en carpa hasta que el sueño venza, las interminables charlas, las excursiones en bicicleta y en canoa.

Salir de campamento tiene la magia de fundar un orden nuevo, breve pero infinitamente rico como experiencia y como recuerdo. Nos propone ver la realidad desde otra perspectiva y desde ahí redescubrirnos a nosotros mismos y a nuestros compañeros. El que parte no es nunca el mismo que vuelve. En este sentido el viaje del campamento se constituye en una aventura sustancial y decisiva. Una aventura de autoconocimiento.

Marina Goldaracena, tutora de Octavo Año.

 

Noveno

El viento que sopla desde el mar está frío y húmedo. El cielo cubierto de nubes gruesas amenaza con una lluvia que no llega, en cambio el sol se asoma tibio de a ratos reflejándose en la arena húmeda. Venimos caminando desde hace una hora y todavía nos quedan, por lo menos, dos horas más. Nos dirigimos al faro Punta Médanos desde la localidad de Nueva Atlantis. Hacemos una pausa para almorzar los sándwiches que preparamos antes de salir esa mañana. Conversamos sobre cuánto falta aún, sobre cómo dormimos la noche anterior, sobre qué haremos al llegar. Nos preguntan si van a poder ir a la playa y yo me río y les respondo “pero estamos en la playa”. “A tomar sol”, contestan al unísono las chicas y los varones agregan “y al jugar al futbol!”.

Cada imagen de un campamento encarna la síntesis perfecta de todo lo vivido. Cada momento compartido nos permite conocernos más y de un modo diferente, nos enfrenta a situaciones fuera de lo cotidiano, nos fortalece y nos une.

El sentido profundo de un campamento no puede ser expresado en palabras. Es una experiencia colectiva que toca lo individual y nos da sostén de ahí en más para el resto de la vida.

¡Gracias Alejo por acompañar a Noveno Año! Gracias a las y los jóvenes por su amorosa confianza.

Luciana Colusi, tutora de Noveno Año.