Campamento de Sexto Grado

A principios de noviembre Sexto Grado tuvo su campamento. Sin embargo, la experiencia comenzó mucho antes que el viaje en sí: docentes planificándolo pedagógicamente; reuniones de padres, madres y docentes; recaudación de dinero con la venta de dulces; organizaciones prácticas; trabajo individual de cada uno de los participantes y una Época de Mineralogía que comienza en el aula unas semanas antes de subirse al micro.

Viajamos de día, ¡muchas horas!, con destino a La Carolina, San Luis. No fue fácil al principio adaptarse al nuevo ritmo, despegarse del reloj y entregarse al momento presente. La Carolina es un lugar muy calmo, la gente habla tranquila, bajito, escuchando el entorno. El hostel se llama Rincón de Oro, ya afuera en la puerta encontramos zorras y un minero en yeso. Las calles y construcciones son todas de piedra, con sierras por doquier. Caminamos por el pueblo escuchando su historia, visitamos una mina provistos de botas y cascos con linternas… hubo un poco de miedo, pero todos lo pudimos superar. Cocinamos comidas muy simples, pero hechas con mucho entusiasmo y alegría.

La convivencia fue armoniosa, por supuesto con algunos conflictos, pero que pudimos resolver porque todos queríamos pasarla bien, todos querían poner lo mejor de sí mismos. Esta actitud fue característica durante todo el campamento: la clara voluntad de querer estar juntos y aprovechar la experiencia al máximo.

Fuimos a Antu Ruca, donde hay una gruta donde se hicieron las primeras excavaciones arqueológicas del país. Los niños y niñas participaron allí de un taller arqueológico, fabricando pinturas rupestres, entre otras cosas. Luego fuimos a Inti Huasi, un lugar soñado, donde hay un criadero de llamas. Ascendimos un cerro donde éstas estaban sueltas y las arreamos hasta el corral. Allí todos hicieron preguntas en relación a estos animales y sus cuidados. Luego, vimos el proceso desde la extracción del pelo de llama, el hilado con diferentes técnicas y la elaboración de los diferentes tejidos: telar, crochet, dos agujas. Nos agasajaron con una merienda exquisita, en un entorno tan agradable que no dábamos señales de querer irnos.

Al otro día recorrimos más el pueblo: visitamos el museo de piedras, el laberinto, la tienda de los recuerdos… ¡con muchos chocolates artesanales!

También aprendimos la antigua técnica para hallar oro, otra vez con botas, gorros acampanados de mimbre y un gran cuenco de madera. Hubo mucha esperanza, paciencia, atención y concentración anidando la posibilidad de encontrar alguna pepita de oro.

Volvimos felices. Frente a estos viajes y experiencias siempre aparecen los miedos, a veces más en los adultos, otras más en los niños, poniéndose en juego con mayor intensidad el gran tema de la confianza, encontrarla es un desafío constante que nos atraviesa a todos.

Este campamento nos permitió transformar actitudes y trabajar sobre el respeto por uno mismo y por el otro, la escucha propia y ajena, la relación directa que existe entre lo individual y su repercusión en lo grupal; y lo grupal que nos transforma y permite crecer en lo individual, entre otros regalos.

¡Por más campamentos movilizantes y transformadores!

Eloísa Casado, maestra de Sexto Grado.